Radio de los 60s

jueves, 12 de octubre de 2017

Nuestra cita cotidiana

Aquellos maravillosos años

Alrededores de París, 2 de junio de 1793
Ya no tengo una casa de cuya dirección no quiera acordarme. La prole y la cómplice de Babeuf, aumentada por el nacimiento de Camilo,  cambiábamos de domicilio desde principios de marzo. Hubiera querido hacerlo antes, desde que las cosas se pusieron mal para él y tuvo que emprender la huída.
Mis hijos y yo no pudimos presenciar la entrada de Babeuf por el arco del triunfo de la Revolución aquel 14 de julio de 1790. No era una simple conmemoración de la Toma de la Bastilla. Esta vez había una multitud que celebraba el primer aniversario del paso audaz de un pueblo que desmanteló la fortaleza en la que el régimen encerraba a sus enemigos, una provocación que el monarca vivió en su palacio de Versalles. El lugar de la conmemoración era el Campo de Marte y había un espectáculo: Luis XVI juraba, ante los miembros de la Constituyente, fidelidad a la Nación y a la Ley.
Seguía siendo rey, pero ya no lo hacía por poder divino, dios había sido reemplazado por la Nación y ésta se expresaba por las leyes que estaba creando la Constituyente ante la cual juraba el rey.
Marat había sabido sacar tajada de la libración de Babeuf; primero porque así afirmaba su propio poder.
No había parpadeado siquiera cuando me prometió la liberación y subida al pedestal de mi marido.
No me fue difícil confiar en la promesa de  alguien que apenas acababa de librarse de la justicia: había sido arrestado el 8 de noviembre de 1789 y liberado el  8 de diciembre del mismo año. Hubo un intento de arresto en enero de 1790, pero esta vez el acusado se las arregló para huir a Londres donde permaneció exilado hasta que se calmaran las iras. Había regresado a París a punto de encontrarse conmigo.
También pesaban las razones de su persecución. Desde el principio de la Revolución Marat era un “grano molesto”. Estaba en la calle con su vozarrón y predicamento, publicaba escritos que denunciaban la extraña alianza de parte del clero y de la aristocracia con el “tercer estado”, la herida cerrada en falso en las constituciones de la Asamblea Nacional y en la Constituyente, las nuevas justicia y gobierno. No respetaba siquiera a los que él llamaba “falsos héroes del pueblo: al primer ministro Necket, cuya expulsión había levantado iras y cuyo llamamiento por el “tirano” era considerado como un triunfo
y al primer alcalde de París, primero poder logrado por la Revolución…
Marat no se había metido en ninguno de los grupos de poder que existían entonces esperaba al nacimiento de los sans culottes, en cuya sede le había encontrado. Tenía el vozarrón que escuchaba la calle. Tenía un periódico influyente en la “opinión” y que causaba miedo a los poderosos: L'Ami du peuple, que continuó publicándose pese a la estancia de Marat en Londres.
El exilado no se privaba de nada. Desde su exilio enviaba  panfletos incendiarios que impactaban  en París.
No se sentía muy seguro a su regreso a París. Se escondió en las catacumbas hasta que sus contactos comprobaron que podía mostrarse tan insolentemente como lo había hecho.
¿Cómo no creer que era capaz de liberar a Babeuf y de hacer del mismo el trofeo que exhibió con tanta pompa el 14 de julio de 1780?
 Nuestros cuerpos continuaron separados. Babeuf tenía que defender y aprovechar sus glorias para defender la cusa común. Yo no podía viajar por el difícil embarazo y parto de Camilo y después por los cuidados que necesitaba la criatura también castigada por las circunstancias.
No podía demorarse la salida del Journal de la Confédération. Poco pude aportar yo, debido a la distancia, mi situación y la premura en sacar a relucir nuestro planteamiento sobre el primer aniversario de la Toma de la Bastilla.
Solamente salió el primer número, pero nuestro mensaje llegó a la calle, a la Constituyente, a Versalles y a todas las cortes, incluida la de la Santa sede. El ahora Graco Babeuf.
Éramos conscientes del peligro que corríamos, cada uno de nosotros en nuestro rincón. Tal era nuestro entendimiento que no hacía falta consultar. La prioridad era la causa. Esta salió bien detallada:
Las denuncias contra: las manipulaciones de los poderosos para interpretar las ambigüedades del catastro a su favor, los impuestos indirectos y el sufragio censitario que se trataba de adoptar en la Constituyente estaban acompañadas, en esta ocasión con las dirigidas a una “justicia” que encerraba vivos, en sepulcros inmundos, a compañeros de armas, para evitar que estos difundieran sus ideas.
Para muestra, un botón, no permitieron que saliera el segundo número del diario. Habíamos conseguido en un día más enemigos que Marat en un año o bien, como yo hice saber a mí amado esposo: no teníamos el poder que había acumulado éste.
Habíamos perdido ya ambos la fe, pero creímos firmemente en la energía universal en la que participamos cuando abrimos puertas y ventanas a la misma.
La puerta de París estaba cerrándose mientras se abría la de nuestra tierra, Picardía. En la Revolución de Roye Babeuf era demasiado héroe; tras el esplendor parisiense los numerosos y poderosos enemigos tenían que tener mucho que temernos.
Al fin nuestros cuerpos y proyecto se unieron en aquella casa de Roye de cuya dirección no quiero acordarme. Sacamos, en octubre, Le Correspondant picard . No nos cerraron con la publicación del primer número; la justicia picarda era más lenta e ineficaz que la parisiense. Nos dejaron difundir planteamientos de la actualidad que molestaban tanto o más que en París, durante unos meses; demasiados, puesto que nos dio tiempo para contactar con obreros y campesinos, que era nuestro objetivo.
Así empezó nuestro trabajo en la “calle”. No es que antes no lo hubiéramos hecho: éramos “profetas”, ahora éramos compañeros y compañeras. Pocos al principio, varios centenares el 23 de marzo de 1791, cuando la villa de Roye encargó a Babeuf encontrar los bienes comunales.
La aceptación fue objeto de mucho debate en nuestra “comuna”  Así nos identificábamos, porque lo éramos hasta la médula. Era claro que necesitábamos tener voz en los ámbitos de poder y sobre todo en nuestra divisa: un catastro que no permitiera las manipulaciones interesadas que estábamos sufriendo.
Todos éramos conscientes del peligro que corríamos al meter a Babeuf en la boca de un lobo ansioso por destruir reivindicaciones que afectaban a su bolsa.
No queríamos un mártir y para que no fuera así, la fuerza que había conquistado el nombramiento tenía que ser más fuerte que el impulso cada vez mayor a eliminarnos que despertaba le mensaje desde el púlpito de nuestro encumbramiento.
En el fondo todos éramos conscientes del peligro de las declaraciones que consensuábamos de nuestro comisario, pero como él mismo profetizó. “me darán una patada en la boca, pero la sangre nos dará fuerza y les salpicará”, sabíamos que era así y que teníamos que luchar con uñas y dientes para salvar una Revolución de la que se estaban aprovechándose otros.
Así entregamos a Babeuf y no nos sorprendió cuando éste, tras proclamar que la propiedad feudal es un robo y una mentira disfrazada de legalidad no fuera procesado sino promovido a mayores glorias en nuestro territorio picardo.
Le alejaban de nosotros y nosotros teníamos que acercarnos a él para mostrar nuestra fuerza. No lo habíamos conseguido el 21 de febrero de 1793, cuando Babeuf tuvo que huir a París para salvarse del procesamiento por burdas mentiras que afectaban a su honestidad y a nuestra causa.
En esta ocasión no lograron separar nuestros cuerpos y nuestra prole tampoco fue un impedimento. Mi sufrimiento estaba colectivizado por la “comuna” y quedó claro que teníamos que extender ésta hasta Paris, todos los barrios de la capital tienen campo y campesinos cerca.

Costó un poco, pero, en unos meses estaban establecidas las redes que nos permitían a mis hijos y a mí acercarnos y colaborar con Babeuf. Estos años fueron los más felices de mi vida.

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